La idea de la cantidad de tiempo que es “obligatorio” dormir está instalada como regla, pero cada vez más evidencia sostiene que ese número universal es más débil de lo que se cree y que, en muchos casos, pesa más la calidad y la regularidad del descanso
Foster sumó un ángulo complementario: el riesgo de salud más relevante asociado a la privación crónica de sueño se vincula al deterioro del sistema de eliminación de residuos del cerebro, conocido como sistema glinfático, cuya función es depurar proteínas anómalas relacionadas con la enfermedad de Alzheimer.
En el mismo artículo, especialistas también advirtieron sobre asociaciones entre sueño insuficiente y mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares, además de un impacto negativo sobre el sistema inmunológico y la percepción del dolor. “Cada uno de los sistemas del cuerpo se ve influido por el sueño de alguna manera”, afirmó Leschziner.
El texto de McCormick también abordó por qué dormir mucho tiempo aparece vinculado a mayor mortalidad en algunos estudios. Su punto fue que eso no significa que dormir nueve horas sea “peligroso”: en promedio, las personas enfermas duermen más, y también lo hacen muchas personas que atraviesan depresión. Una vez que se consideran factores de causalidad inversa, sostuvo, el riesgo de dormir demasiado casi desaparece.
McCormick añadió que, en el extremo opuesto, dormir menos se correlaciona con pobreza, trabajo nocturno, afecciones psiquiátricas y dolor o enfermedades crónicas. Según indicó, cuando los investigadores ajustan rigurosamente por estas variables, algunas asociaciones se debilitan sustancialmente.
Cultura y país: otra variable que mueve el “ideal”
Otra nota de Infobae incorporó otro enfoque: un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Columbia Británica y la Universidad de Victoria, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), puso en duda la validez de “ocho horas” como norma universal y planteó que la duración óptima puede variar según normas culturales.
El trabajo analizó patrones de sueño y resultados de salud de casi 5.000 personas de 20 países. Encontró variabilidad en las horas promedio de sueño, con diferencias de hasta 1,57 horas entre países. Por ejemplo, en Japón las personas dormían seis horas y 18 minutos de promedio, mientras que en Francia la media alcanzaba casi ocho horas. En Canadá, fue de siete horas y 27 minutos.
Steven Heine, uno de los autores principales, dijo: “No hay una cantidad de sueño que funcione para todos. Encontramos que, en los 20 países estudiados, las diferentes duraciones del sueño estaban asociadas con una salud óptima, y que las personas que dormían cantidades de horas más cercanas a las normas culturales de su país tendían a tener una mejor salud”. La primera autora, Christine Ou, afirmó: “Las recomendaciones de sueño deben ajustarse a las normas culturales, no imponer un único estándar global”.
En la misma nota, la médica neuróloga Stella Maris Valiensi, ex presidenta de la Asociación Argentina de Medicina del Sueño y miembro del plantel del Hospital Italiano de Buenos Aires, comentó: “Las ocho horas de sueño es un parámetro que recomienda habitualmente, pero se sabe que las personas pueden dormir entre dos horas menos o más. El nuevo estudio aporta datos en relación a las pautas culturales”. También señaló que hay individuos “dormidores cortos”: duermen cinco horas la mayoría de las noches, se despiertan con energía y descansados, y “representan el 5% de la población”.
Un criterio operativo: menos obsesión por la cifra, más señales del día
Con la discusión reabierta por Topol y la columna de The New York Times, el punto no es restar importancia al sueño, sino precisar qué se está midiendo cuando se habla de “dormir bien”. En las fuentes citadas, el foco se desplaza desde una meta rígida de horas hacia un criterio más amplio: regularidad, calidad y funcionamiento diurno.
Los expertos sugirieron mirar indicadores cotidianos: irritabilidad, estado de ánimo negativo persistente y dependencia de estimulantes pueden ser señales de descanso insuficiente. A la vez, el artículo subrayó que el organismo posee capacidad de compensación ante noches aisladas de mal sueño, sin que eso implique un daño significativo y duradero.
En esa misma lógica, McCormick propuso una recomendación práctica: apuntar a siete horas, aceptar que algunas personas necesitan más o menos para sentirse descansadas y ser compasivos con los fracasos del sueño.
INFOBAEZ







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