Recuerdo vívidamente el momento en que se me empezó a caer el cabello.
Estaba arrodillada frente a la bañera, lavándome el pelo en la habitación de un hotel un sábado por la noche, preparándome para la celebración del 40 cumpleaños de mi amiga.
Diecisiete días antes, había recibido la primera de seis sesiones de quimioterapia para tratar mi cáncer de mama, pero habían pasado días sin que se me cayera un pelo.
Me había convencido de que quizás era una de las afortunadas.
Pero mientras sostenía la ducha sobre mi cabeza, de repente el chorro de agua se oscureció, y largos mechones de cabello castaño empezaron a acumularse alrededor del desagüe, justo delante de mis ojos. Y no había nada que pudiera hacer para detenerlo.
El cabello a lo largo de la historia
A lo largo de la historia, el cabello rara vez ha sido simplemente cabello.
En el Antiguo Egipto, los faraones y las mujeres nobles lucían elaboradas pelucas trenzadas para demostrar su poder, y en la Edad Media, el cabello largo de las mujeres se asoció con la feminidad y la virtud.
En el siglo XVII, los hombres usaban la "periwig" —largos y voluminosos rizos artificiales— para denotar riqueza y un alto estatus social.
Y en la década de 1920, las mujeres con el cabello corto llegaron a representar la independencia y la rebeldía femenina.
"El cabello moldea nuestra identidad", afirma la psiquiatra Sylvia Karasu.
"Es un marcador biológico, fisiológico y social de las etapas de nuestra vida", agrega.
Y, por supuesto, puede ser lo primero que notamos en otras personas.
"Es una forma de distinguir el género, la raza y la religión. Está tan ligado a la identidad que termina siendo muy significativo en la manera en que categorizamos a las personas", explica.
El cabello también está vinculado a nuestra dignidad.
La depilación forzosa se ha utilizado a menudo para despojar a los judíos de su identidad y humanidad. En los campos de concentración alemanes, a los judíos les rapaban la cabeza y les cambiaban la ropa por uniformes de prisión.
Tras la liberación de Francia en 1944, a miles de mujeres acusadas de colaborar con los ocupantes alemanes les raparon la cabeza públicamente como castigo y humillación.
Una de las imágenes más famosas, "La mujer rapada de Chartres" de Robert Capa, muestra a una joven madre caminando entre una multitud que la abuchea con una esvástica pintada en la frente.
"No es cuestión de vanidad"
He entrevistado a mujeres sobre su relación con su cabello para mi pódcast con la organización benéfica Future Dreams And Then Came Breast Cancer ("Y entonces vino el cáncer de mama").
Una y otra vez, las mujeres me dijeron lo mismo: no tenía nada que ver con la vanidad.
Nicky Elkington, peluquera, me contó que estaba decidida a no perder el cabello durante la quimioterapia.
"No es cuestión de vanidad… y creo que la gente piensa eso, pero es tu identidad y no quería parecer que tenía cáncer", dice.
Para ella, lo peor que alguien podía decirle era: "Es solo cabello, no te preocupes".
Natasha Anderson, enfermera escolar y madre de dos hijos, dijo que le encantaba jugar con su cabello cuando era niña: "Una semana con un gran afro, y al siguiente con extensiones", recuerda.
"No era solo cabello, era mi cultura", apunta.
Ante la posibilidad de perderlo por la quimioterapia, la mujer le pidió a su hermano que se lo afeitara.
"Me sentí liberada cuando me raparon la cabeza", dice.
"Había tomado el control de la situación… era más doloroso y perturbador ver cómo simplemente se caía", agrega.
Una de las partes más difíciles del cáncer es la poca capacidad de control que se tiene sobre todo ello: el diagnóstico, el tratamiento o los efectos secundarios.
Para algunas mujeres, raparse el cabello antes de que se les caiga se convierte en una forma de recuperar cierto control sobre sus vidas.
La peluca
Entre el 50% y el 75% de mi cabello se cayó durante la quimioterapia.
Fue increíblemente desalentador. Recuerdo estar sentada en una peluquería de Richmond mientras la dueña, Amy Holt, me cepillaba suavemente el cabello enredado que se me caía a mechones. Me eché a llorar.
Según Diane Trusson, investigadora médica de la Universidad de Nottingham (Reino Unido), la pérdida de cabello sumada a un diagnóstico de cáncer es un golpe doble.
"Te dicen que tienes cáncer, empiezas el tratamiento y luego te ocurre algo tan duro que cambia la forma en que la gente te ve. Es una carga adicional, además de la cirugía y los tratamientos tan duros", explica.
Una señal de esperanza
El año pasado, vi una publicación en redes sociales con una foto de primer plano de Catalina, la princesa de Gales, en un evento. El texto simplemente decía: "Qué peluca tan fea". Me pareció particularmente cruel e hiriente.
Nadie sabe qué tratamiento contra el cáncer recibió, si perdió el cabello o si usó peluca.
Si alguien me hubiera dicho eso durante la quimioterapia, probablemente habría querido esconderme en casa.
De hecho, la pérdida de cabello por enfermedad no es algo que nadie elija. Es algo que se nos impone, y por eso fue tan difícil, al menos para mí, aceptarlo.
Y eso importa, porque el cabello nunca es solo cabello.
Para muchos de nosotros, el cabello es nuestra identidad, nuestra privacidad, nuestra forma de sentirnos en control y seguros de nosotros mismos.
Por eso, perdonen que diga que es tan importante.
Crédito de la imagen principal: Getty Images
Información adicional: Florence Freeman







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