El olfato, ese sentido al que prestamos poca atención, puede convertirse en una herramienta diagnóstica tan poderosa como un análisis clínico. La traumatóloga lo explica con contundencia al afirmar que “se pueden reconocer enfermedades por su olor”
Un detalle tan cotidiano como el olor puede convertirse en una herramienta médica de enorme valor. La traumatóloga Inés Moreno lo explica con una claridad que desarma: “Se pueden reconocer enfermedades por su olor”, una afirmación que abre la puerta a un territorio fascinante donde el cuerpo humano habla incluso antes de que lo haga el paciente.
La especialista describe un fenómeno que muchos profesionales sanitarios conocen bien: algunas patologías desprenden aromas tan característicos que resultan imposibles de confundir. En el vídeo pronuncia una frase que hiela la sangre: “Imagina oler la muerte, no es una metáfora… es real y huele fatal”. No se trata de dramatizar, sino de entender que ciertas alteraciones químicas del organismo dejan marcas olfativas muy precisas.
Moreno recuerda que situaciones clínicas graves, como la cetoacidosis diabética, pueden reconocerse por un hedor particular que ella describe como “a fruta podrida o a quitaesmalte”. En cuadros de gangrena, el aroma recuerda a “carne poniéndose”, mientras que un fallo hepático puede identificarse por un “dulzor raro que no tendría que estar ahí”. No son olores que se olviden fácilmente, porque detrás de cada uno hay un proceso metabólico que se descontrola y altera la química del cuerpo.
Ese aprendizaje, a mitad de camino entre ciencia y experiencia, es lo que en medicina se conoce como olfato clínico. Tal como se recoge en el vídeo, hay médicos capaces de entrar en una habitación hospitalaria y, antes de revisar un solo dato del historial, intuir qué le ocurre al paciente únicamente por el olor que desprende su cuerpo. La propia autora lo define como “una mezcla de experiencia, instinto y biología” que, en ocasiones, puede incluso salvar vidas
Aunque pueda sonar a ciencia ficción, este fenómeno está documentado y no se limita únicamente a situaciones extremas. Moreno menciona un caso especialmente llamativo: una mujer que llegó a oler el Parkinson antes de que los especialistas pudieran diagnosticarlo. Y lo más sorprendente es que “acertaba”, un ejemplo que muestra hasta qué punto los compuestos químicos que genera una enfermedad pueden ser perceptibles para narices especialmente sensibles.Lo que pone sobre la mesa esta experta es una idea poderosa: el cuerpo humano comunica información constante y, a veces, lo hace a través de algo tan básico como el olor. Para la medicina del futuro, comprender y estudiar estas señales podría abrir nuevas vías de detección temprana, especialmente en patologías donde cada minuto cuenta.







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